Eres tú, no soy yo

13 03 2012

La semana pasada viví una experiencia psico-tormentosa: la entrada de mi hija más chica al jardín infantil. (Tengo dos niñitas: de 2,9 y 1,3 años).  Para muchas/os, algo que a lo mejor ya conocen. Para los que no saben de lo que estoy hablando, este es más o menos el resumen: llego con mi hija a la clase, abro la puerta y… 12 niñ@s entre 1 y 2 años llorando a grito pelado, algunos colgados de sus respectivos papás, una tía sentada en el suelo cantando algo incomprensible debajo del griterío, otra tía tratando de afirmar a las guaguas que intentan arrancarse, mientras otra hace esfuerzos sobrehumanos para calmar a los que están francamente histéricos. Si hay un nombre para esta escena, debe ser Pandemonium.

Como madre aprensiva que soy, la idea de dejar a mi hija ahí se sentía más o menos como la “Decisión de Sofía” (Peliculón que hay que ver antes de tener críos, no después). Y mi guagua, que tendrá un año pero no es lesa, de entrada se me colgó al cuello estableciendo que no me la iba a hacer fácil. Ante el más mínimo intento de soltarla, ardería Troya. Cuento corto: terminé sentada en un pisito, en calidad de marsupial, cantando la cuncuna amarilla. Por 3 días seguidos. Las tías, los niños… y yo. Eso, hasta que me pidieron amablemente que me fuera. (A parar detrás de una planta, obvio…).

Superada por el drama que significó esa separación, el cuarto día le pedí a mi marido que fuera a dejar a la chica a ver qué pasaba.  Resultado: llegaron al jardín, la bajó del auto, entró a la clase, se la pasó en brazos a la tía, mi hija apenas alegó 30 segundos, y minutos después figuraba feliz jugando. Y así estuvo toda la mañana. (Nota importante: con mi hija mayor fue exactamente lo mismo. Idéntico).

Las respuestas de mis hijas a nuestras distintas actitudes inevitablemente me llevaron a cuestionar qué había pasado aquí… (Ojo que cada una de estas ideas es personal e intransferible, me representan sólo a mí, y no pretendo evangelizar. Sólo comparto mi experiencia…). Dice así:

Se postula por ahí que madre e hijos están conectados, que a ellos les transmitimos todo lo que nos ocurre. Tres años y dos guaguas después, me atrevo a creer que efectivamente es así, pareciera ser que ellos decodifican nuestros estados internos. Partiendo de esa base, entonces, ¿qué le estaba transmitiendo yo a mis hijas en esta experiencia? La más pura neura. Aprensión en toda su magnitud, miedo e inseguridad. Básicamente lo que YO me imaginaba que sentiría si mi mamá se fuera y me dejara ahí con desconocidos. Mi marido, en cambio, les transmitía tranquilidad, confianza y certidumbre que, dicho sea de paso, era lo que ellas realmente  necesitaban para que este proceso no fuera caótico.

Presumo, entonces, que lo que muchas veces ocurre es que el día a día, el agote, la exigencia emocional (porque de verdad el desafío es cototo) y todo lo que implican los hijos a veces nos llevan a olvidar el foco. ¿Cuál foco? Nuestro rol, que en mi concepción es mostrar el mundo a los niños, instruirlos en cómo funciona y acompañarlos en su integración a éste de la mejor manera posible. Suena obvio, ¿cierto? Pero me he fijado que en la práctica terminamos haciendo cualquier otra cosa con mucha facilidad…

En el exceso de  sobreprotección, en la neura,  pasa a primer plano lo que a nosotros como padres nos ocurre, dejando en segundo plano lo que ellos necesitan. Y en el camino empezamos a mandar mensajes distorsionados sin darnos cuenta. Algunos imperdibles que he visto repetidas veces:

Si estoy con mis hijas las 24 horas prestándoles atención desmedida (ojo: desmedida, no estoy hablando de la sana ni la normal), sólo les estoy enseñando a ser un foco de atención que luego, en su vida adulta, no van a encontrar en ninguna parte.  Porque a menos que sean Madonna o Lady Gaga, nadie las va a estar idolatrando con la furia de los padres… Y venga frustración asegurada por la vida.

Si estoy encima de mis niñitas todo el día, les estoy quitando la posibilidad de aprender a estar solas consigo mismas. Y venga vacío interno si no hay alguien alrededor haciendo show. En mi opinión esta es una de las variables que explica a las personas que necesitan estar llenándose de cosas y gente para estar bien; o peor… que se quedan en relaciones miserables ya que “más vale mal acompañado que solo”.

Si las recojo cada vez que se caen, les estoy quitando la posibilidad de aprender a pararse por sí mismas, habilidad que indudablemente van a necesitar infinitas veces en sus vidas.

Y así, el listado de ejemplos en los cuales sin querer y por exceso de amor les limitamos el desarrollo puede llegar a ser bastante extenso. Creo entonces, que la lección de esta primer “día de clases”, fue más para mí que para ellas. Me sirvió para recordar la importancia del equilibrio, de la mesura, de observarlas, mirarlas y preguntarme qué necesitan. ELLAS, no yo.  Al revés del dicho “soy yo, no eres tú”, en este caso efectivamente el foco debiera estar en el otro, es decir, “eres tú, no soy yo”.   Difícil tarea, pero no imposible… Con un par de horitas más de sueño a lo mejor resulta.





Sapos del mismo charco

14 02 2012

Hace algunos días fui a la celebración de un matrimonio y confieso que en la parte donde se llamó a los amigos y familiares para que dijeran unas palabras a los novios, me dieron unas ganas locas de correr al altar, quitarle el micrófono al cura y gritar “¡¡Espérense!! ¡¡Yo tengo algo que decir!!”. Pero considerando que no era cercana a la familia, la novia me había visto una sola vez en la vida y no había tomado nada porque aún no empezaba el cóctel, no tenía ninguna excusa válida para dar rienda suelta a mi arranque.

Y así, como dicta el protocolo y hacen los invitados normales, me dediqué a escuchar la charla referida al amor, a la paciencia, a la comprensión, la tolerancia y todas esas virtudes a las que uno debe apelar cien mil veces para el funcionamiento de una relación. Mientras esto ocurría, en mi mente seguía dando vueltas al discurso que me había tragado y al recuerdo que me había generado este impulso kamikaze…

Debo haber tenido unos 18 años cuando una tarde fui a visitar a mi comadre/compañera de aventuras. Nuestro plan era salir pero teníamos que hacer hora, por lo que nos quedamos instaladas en la sala de estar de su casa, conversando con su hermana mayor y su papá. El tópico en cuestión eran las relaciones de pareja y el por qué algunas funcionaban durante años mientras otras quedaban en el camino. En esa conversación el papá de mi amiga (que llevaba más de 30 años casado) nos dio toda una charla, la cual – con mis 18 años a cuestas – por supuesto consideré anticuada… No obstante, “el tío” dijo una frase en particular que no olvidé jamás: “El matrimonio es como jugar cartas. Para salir victorioso tienes que tener la mayor cantidad posible de ases en la mano”.

En ese momento di por copiado el mensaje y lo apliqué a mi relación de pololeo: “A los dos nos gusta la misma música, tenemos el mismo sentido del humor, somos fanáticos de arrendar películas y nuestros signos son compatibles. Estamos dados.”, pensé. Obviamente, no vale la pena ahondar en cómo me fue con ese criterio…

Sin embargo, dieciocho años después – reprimiendo un arranque público que hubiera llevado a los novios a preguntarle a los mozos qué me habían dado  – apareció de nuevo la frase en mi cabeza, sólo que ésta vez con claridad absoluta del significado.

Partamos del supuesto de que muchos dan inicio a una vida conjunta en estado de enamoramiento, ilusionados y entregados a un inspirador ambiente donde “love is in the air”. ¿La motivación por estar ahí? El amor, obvio; la visión de todo lo que vivirán juntos y por supuesto las hormonas bailando reggaetón. ¡Y bien! La idea es justamente que sea así. Recordemos que estamos metiéndonos en una historia que esperamos dure las próximas varias décadas, por lo que más vale empezar convencido.

Pero la parte que a veces se nos olvida considerar antes de dar este “gran paso gran”, es que las emociones y los sentimientos que nos llevaron a jurar eternidad bajo las estrellas van cambiando y – muchas veces – desgastándose en la medida que la cotidianeidad, el paso del tiempo, los problemas y la vida propiamente tal hacen lo suyo.

Comienza así una carrera dónde algunos logran sobrellevar bien las mutaciones de la existencia; otros llegan al siniestro estado de “cazados”, más que “casados”, aguantando una vida que no era exactamente la que imaginaron y usando toda clase de métodos evasivos; mientras que muchos otros terminan optando por un doloroso pero necesario Ctrl + Z, reclamando garantía y pidiendo devolución de tiempo, plata y talento invertidos en el fallido proyecto. Sin duda existen muchas más combinaciones, desenlaces y excepciones, pero convengamos en que la gran mayoría se circunscribe a alguno de los destinos anteriores.

Y aquí es donde entran en juego los “ases” a los que se refería el connotado tío: Es verdad que las personas vamos cambiando y evolucionando a lo largo de la vida, pero hay ciertos aspectos más profundos (algo así como nuestro centro líquido de Freshen Up) que se mantienen relativamente estables pese al correr de los años. Estos incluyen: educación (la entregada por la familia, no sólo la escolar);  códigos socio-culturales; ética y moral para enfrentar el mundo y  nuestros modelos y roles tanto familiares como laborales, entre muchos otros que componen nuestro repertorio interno.

Me atrevo a conjeturar, entonces, que no se trata sólo de sentir amor. No se trata sólo de compartir valores y principios. No se trata sólo de tener un proyecto conjunto. En las célebres palabras de Franco de Vita, no basta. Al parecer también es necesario tener una visión común de cómo se enfrentarán las distintas dimensiones de la vida y la valoración que le damos a cada uno de estos ámbitos. (Ej.- Si para mí lo primero es la familia, y para mi marido lo primero es el trabajo… frustración asegurada en el largo plazo). Me atrevería a decir que la comunión (nótese la tremenda palabra) de todo este complejo combo es la que determinará, entonces, si podremos satisfacer nuestras expectativas o no. En caso contrario lo más probable es que, como dice la Ley de Murphy, tarde o temprano “la falla oculta deje de permanecer oculta”. Y si a estas diferencias estructurales le vamos agregando las complejidades propias de la vida y la convivencia, el futuro se empieza a ver color temblor… (Existen algunos premiados y suertudos que encuentran rápidamente a su media naranja, pero generalmente son los menos).

El mejor ejemplo que he escuchado para graficar estas diferencias, fue una vez que supe por terceros de una pareja que se había separado. Al preguntar qué les había ocurrido, me respondieron un simple: “no eran sapos del mismo charco”.

Volviendo al matrimonio del fin de semana, al ver a estos novios tan felices rodeados de amor, flores, glamour y comida rica, mi gran duda era, justamente, si habían tenido la posibilidad de mirarse con objetividad y comprender la naturaleza de cada uno  proyectándola a lo largo de los años. Si el enamoramiento (y la ceguera que a veces le acompaña) les había permitido imaginarse conviviendo sin la magia de los turururus. Quería decirles: “Si, se ven súper, hacen un linda pareja, el vestido está increíble, ojalá les vaya de miedo… pero, ¿se fijaron en un par de detallitos?”.





Lo confieso: vivo en Chicureo… y tengo nana

21 01 2012

Inés Pérez, a esta altura, ya fue. Chile completo dijo todo lo que se podía decir (y más incluso), dando rienda suelta al coprolálico que todos llevamos dentro. Y si bien ese episodio fue tema de análisis y discusión durante la semana completa, en mi opinión hubo un aspecto no menor que pasó bastante desapercibido, diluido entre los uniformes de las nanas y las bondades televisadas de la Sra. Pérez…

Comparto algunas citas que fui encontrando en el camino, tanto en twitter  como en medios de comunicación, para explicar y ejemplificar a qué fenómeno me refiero:

–       “Chicureo es como The Truman Show. Una burbuja de gente linda y pudiente”.

–       “Los teletubbies vivirían ahí. El plan urbano de este tipo de barrios es para gente que quiere un mundo feliz, donde el sol brilla todos los días…. Es gente que no quiere vivir el mundo que les tocó, que es primera generación con cuenta en un banco, con título universitario, con auto… nuevos ricos. No aceptan que otra gente, que no es como ellos, use la superficie de ese mundo ideal…. Eso pasa porque esta gente no quiere aceptar que el mundo es diverso”.

–       “La gente de Chicureo es como el Toyota Yaris: puntudo y de poto parado”.

–       “Los que no paran de quejarse de los tacos, los que despotrican todo el día contra el “Transantiasco” (en el que nunca han viajado), pero que sin embargo se van a vivir a lugares donde deben usar el auto hasta para ir a comprar el diario. Los que lloran la falta de oferta cultural, de panoramas atractivos, pero se encierran en enclaves donde el único contacto con el mundo exterior es provisto por la llegada cada mañana de la nana y el jardinero. Los que creen que una urbe de calidad se parece a Chicureo”.

–       “Está buena la pelicula noruega, no entiendo nada, pero el tipo es rubio, que es lo que importa en Chirureo…”

–       “La gente en Chicureo wn, que horror…”

Como residente de Chicureo, admito que en un principio sentí bastante lata. Lo encontré injusto, sesgado, falto de sentido común y muchos otros varios… Pero con el pasar de los días resolví hacer el ejercicio de constatar que tan ciertas eran esas apreciaciones y así, motivada por mirar mejor la situación, me senté con mi querida Sra. María (que lleva dos años trabajando con nosotros) a tomar un tecito (sí, me siento en la mesa con ella diariamente) y decidimos revisar lo que es la vida acá en este sector…

Después de media hora contándonos historias mutuamente corroboramos que, como dice un dicho por ahí “en todos lados se cuecen habas” y la calidad de la gente nada tiene que ver con la locación geográfica, la clase social o la billetera. Y de hecho, lo que más nos extrañó a las dos fue ¿eso no debiera ser algo obvio y de conocimiento común? Parece que no.

Al seguir dándole vueltas al tema, llegamos también a otras observaciones a la cuales creo vale la pena destinarles un momento…

Los chilenos tenemos un tremendo discurso referido a la tolerancia y al respeto, pero la facilidad con que estigmatizamos y maltratamos es de temer. Pese a lo que puedan creer muchos, Chicureo es simplemente un barrio más. Lo digo con guitarra. Hay buenas personas, hay malas personas, vecinos agradables, vecinos insoportables, adinerados, otros que han logrado adquirir sus casas con mucho esfuerzo, doglovers, medioambientalistas, gente que no está ni ahí con nada, algunos que se visten con logo de animales en la polera, otros que salvan la percha en el Líder…  El repertorio incluye, literalmente, de todo. Como en muchas otras partes.

¿Y es mejor o peor que las urbes de Santiago? Es otra cosa no más. Pero es una opción, tan válida como elegir vivir en Ñuñoa, La Reina… o Tongoy. ¿No puede cada cosa tener su gracia, respetando y valorando las diferencias? Si los tallarines son buenos, ¿los porotos pasan a ser  malos? Cada cosa tiene su valor, y cada barrio tiene lo suyo.

Otro tremendo discurso que tenemos es el referido a la búsqueda de la movilidad social… pero basta que alguien logre eso para que automáticamente se transforme en new rich. Queda así en evidencia que nuestra incongruencia es del porte de un buque. Por un lado tenemos a la mitad de Chile casi al borde de la cacerola exigiendo más posibilidades y oportunidades, pero aquellos que lo logran se transforman ipso facto en arribistas, rotos con plata, y un largo listado de etcéteras descrito en las citas de más arriba.

Y, finalmente, tenemos el discurso referido a la discriminación, mientras somos secos para discriminar. Con el episodio de Chicureo nuevamente queda demostrado que cada vez que un chileno opta por una alternativa que se aleja del percentil 50, la crucifixión es inmediata.  Y en la práctica, para no ser linchados, sólo podemos optar entre un rango de posibilidades que son las validadas socialmente como “diferentes”, porque si alguien escoge algo que a la masa no le parece…. hasta ahí no más llegamos con el discurso de la diversidad. Es cosa de preguntarle a toda la gente que en algún momento decidió venirse a vivir a Chicureo…

Para mí queda en evidencia, con este incidente, que  nuestra tendencia como sociedad sigue siendo funcionar como una masa homogénea, una patota,  que predica con el cierre abierto. Al parecer tenemos muy buenos discursos, pero aún nos queda un largo camino para ser consecuentes en nuestro accionar…





Cómo andamos por casa?

19 01 2012
Leído por 66 personas al 16.02.2012
Hola!
A propósito del incidente ocurrido con Inés Pérez en Chicureo, los invito a leer esta reflexión que me mandó una lectora…
Saludos!
Andrea
“A pesar de que, incluso en la versión extendida no me simpatizan para nada sus frases, a mí me gustaría preguntarles a todos los que han basureado a Inés Pérez con tanto entusiasmo y adherido a cuanta página en su contra se ha creado, cómo tratan a sus nanas…
Todos ustedes (o en las casas de sus padres o en las que crecieron), ¿les pagan todas las imposiciones que dicta la ley a sus nanas?
¿Alguno paga horas extra cada vez que la empleada lava platos después de una comida o cumpleaños hasta las 2 am?
¿Nadie ha despedido a una empleada, sin pruebas suficientes, porque cree que “se robó algo”? 
¿Su nana come la misma comida que usted? Y, ¿come a una hora decente, o tiene que comer a las 23 hrs después de lavar todo?
Cuando los hijos de la nana, en ocasión especial claro, tienen que pasar un día con ella en vuestra casa, ¿se quedan en la cocina y la siguen mientras ella trabaja, o disfrutan de la piscina de la casa y pueden transitar y estar libremente donde gusten?
Seamos justos. Chile es un país ingrato con las empleadas domésticas y nada de lo que estoy describiendo acá arriba es tan poco común. Sin embargo, también se trata de discriminaciones, humillaciones e injusticias graves.
Podríamos decir que por la boca muere el pez, y que Inés Pérez no fue lo suficientemente astuta para lograr defenderse en esa entrevista, pero no nos hagamos los locos. Ojala que esto que ha pasado sirva para que como país reflexionemos al respecto. Y no solamente en torno a los casos como Chicureo…”
A.I.P.L.




“Lo esencial es invisible a los ojos”

13 01 2012

No fue hace mucho… Estaba sentada frente a mi computador, trabajando en una de las revistas corporativas que elaboro como asesora externa para distintas empresas, cuando me sonó el teléfono celular. Era una de mis clientes. No había siquiera saludado cuando mi interlocutora comenzó a gritar, completamente alterada, aludiendo a un error que yo había cometido. “¿¿Quién te crees?? ¡¡Yo soy la que manda aquí!! ¿¿Quién te dio la autorización?? ¿Acaso no escuchas lo que yo digo? ¡¡Al parecer cuando yo hablo nadie me escucha!!”, fueron algunas de las frases que alcancé a rescatar de los encolerizados alegatos…

Al principio quedé paralizada, sin saber que responder. Mi error en cuestión era que había enviado un correo electrónico a terceros pidiendo contenidos para la publicación que estábamos trabajando, tal como lo había hecho muchas veces antes, sólo que en esta ocasión no le copié a ella la solicitud. Y si bien no lograba comprender cuál era la gravedad del asunto, al margen de la exaltación del momento me concentré en tratar de entender cuál era el fondo de lo que estaba ocurriendo… dejando de lado la forma.

A cada una de las frases vociferadas trataba de encontrarle el sentido. Así, poco a poco, fui viendo lo que pasaba… Mi cliente en cuestión tenía formación y mentalidad germana; por lo mismo no era amiga de las improvisaciones o cambios inesperados. Mi cliente era una mujer que – tras una separación que la dejó sola con 3 hijos – dependía en la totalidad de sí misma para llevar adelante su vida; no podía darse el lujo de correr riesgos  en su trabajo. Mi cliente era una mujer en una industria gobernada por el género masculino, y en ese contexto había desarrollado una exacerbada defensa de su territorio. Mi cliente había logrado un cargo ejecutivo ambicionado por muchas personas, por lo mismo lo cuidaba con recelo.  Mi cliente dedicaba su vida al trabajo, así, un error en éste último se asemejaba a poner en riesgo su vida. Mi cliente, para su estabilidad interna, necesitaba sentir control sobre lo que hacía… y yo le había quitado esa tranquilidad. Comprendí, en ese momento, la naturaleza de mi cliente. Entendí su historia, sus miedos, sus creencias, sus carencias, sus actitudes y, por ende, sus necesidades y expectativas.

Con tranquilidad y buen tono le respondí: “¿Sabes? Tienes toda la razón.” Transcurrieron unos segundos de silencio… Notoriamente más serena me contestó: “¿Se te ocurre alguna solución?” De ese momento en adelante la situación volvió a la normalidad y en conjunto la resolvimos.

Ese día, con esa experiencia, tomé conciencia de una de las máximas (para mí) en cuanto a las relaciones interpersonales: gran parte del éxito de las vinculaciones se encuentra en la comprensión del contexto de nuestros interlocutores. Por “contexto” me refiero a la historia, a la suma de las vivencias que han ido esculpiendo sentimientos, creencias e ideologías; a la idiosincrasia y a la cultura; a los códigos y conductas, entre muchos otros, que se van acumulando a lo largo de los años y que, finalmente, nos definen como individuos. Pero más importante aún: esa mochila es la que determina nuestras expectativas (ya sea con los amigos, en el matrimonio, la familia o en el trabajo), a la vez  que es la causal de muchísimos malos ratos, frustraciones o decepciones.

Suena obvio lo de comprender el contexto de los demás, ¿cierto? Pero en la práctica, al menos yo, he observado que no lo es. ¡Por el contrario! Normalmente es algo que olvidamos considerar – de manera automática – en nuestras aproximaciones con otros. De hecho, con una cierta tristeza me he fijado que uno de los grandes problemas que aqueja al ser humano actual es el poco tiempo (o a lo mejor las pocas ganas) de mirar en profundidad al prójimo. De entenderlo, de leerlo y de interpretarlo. De conocer más allá de lo que hay en su cabeza y de captar su naturaleza, su corazón y su espíritu. Entender sus heridas, miedos y cicatrices. Ir más allá de lo evidente…

A lo mejor la sociedad tan apurada y sobrevendida en la que nos movemos nos impide mirar con detención. Y la poca oportunidad que tenemos de relacionarnos en niveles de comprensión más profunda nos lleva, en una especie de círculo vicioso, a quedarnos en las primeras lecturas, emitiendo juicios con mucha ligereza a partir de nuestras propias expectativas. Así es como vamos por la vida encasillando a los demás sin saber realmente qué hay debajo de lo aparente.

Cambiar el ángulo desde el cual miramos al resto no es tarea fácil. Yo tuve que obviar instintos animales y asesinos para llegar a comprender a mi cliente, pero, una vez que logré superar esa barrera, nunca más tuvimos un problema. Comprendí sus miedos y entendí que su respuesta era automática e inconsciente, por lo que simplemente procuré no volver a tocar esas fibras. A partir de ahí se convirtió en una relación llevadera.

Entendí con esta experiencia que, si a lo mejor nos damos el tiempo para mirar un poco más en profundidad a los demás, podemos llevarnos gratas sorpresas. Podemos llegar a descubrir personas que seguramente nos habríamos perdido de no “entrar a picar”, ya que lo más probable es que, al final y en el fondo, no somos tan diferentes los unos de los otros. Es cosa de darse la oportunidad… No olvidemos que, en las palabras del Principito, “Lo esencial es invisible a los ojos”.





Bien por el que puede… y el que no que aplauda.

5 01 2012

Ayer leí un tweet de Laurence Golborne lamentando la mala vibra que le tiraban porque su hijo había sacado buen puntaje en la PSU… Y realmente insólito. Le fue bien y plaf!…chaqueteo. Mal síntoma…

¿Qué pasó aquí? La verdad sea dicha: el chaquetero es parte de nuestra idiosincrasia. Admitámoslo. Y, por penoso que sea, esta práctica es simplemente la más fea expresión de la envidia. No tiene otra lectura… Basta que a alguien le haya ido bien para que – cual polilla obsesionada con la luz – aparezcan inmediatamente algunos burlones, despectivos, críticos o, peor aún, quienes dudan respecto de las capacidades del “chaqueteado” en cuestión. Y esto, al menos yo, lo he visto pasar en toda materia o ámbito cotidiano. El repertorio parte con el famoso conocido que obtuvo un logro y se extiende hasta la amiga que se hizo algún arreglito físico.

Queda en evidencia, de esta forma, que aún existe intolerancia para aceptar a quien sobresale del montón, a quien desafía el rayado de cancha o a quien se distingue por el motivo que sea. Pero más curioso aún es un fenómeno que subyace al chaqueteo en sí: en Chile si alguien sube mucho, la masa lo tira para abajo… (Cosa de ver lo de Benjamín Golborne). Pero si alguien cae, la masa lo tira para arriba de vuelta. (Cosa de ver la capacidad de teletones, kermesses, bingos, cadenas de oraciones, retuiteos, vacas y cualquier otro que somos capaces de organizar ante la desgracia ajena). O sea, ¿la expectativa nacional es que nos mantengamos dentro del rebaño? ¿Ahí hay que estar, ahí es donde es aceptable pertenecer? Y dejémonos de leseras… ¡pobre del que no! Trolleo ipso facto… Al mismo tiempo “la patota” es la que decide lo que es bueno o no, quien salva o quien es linchado hasta dejar al afectado sin dignidad ni vergüenza. Seamos objetivos: a veces se ven pasar comportamientos que son algo así como la hipérbole del Monstruo de la Quinta Vergara, sólo que a escala nacional…

En vez de criticar a un Benjamin Golborne por su logro – cuando en el fondo del corazón quisiéramos estar en sus zapatos o tener su “suerte” – mejor miremos por qué y cómo lo logró. Aprendamos del ejemplo, copiemos lo bueno, integrémoslo a nuestra personalidad y a nuestra actitud.

Sumado a eso, pensemos con la cabeza: no todos los que estuvieron en un colegio particular o universidad privada hoy la llevan; no todos “la hicieron”; no todos nadan en billetes. Son cientos los ejemplos de “ilustrados cesantes”, bien educados y supuestamente preparados. ¿Por qué? Pensemos más: las personas exitosas (entendido en este caso el éxito como el logro profesional/laboral/económico) no tienen sólo un cartón debajo del brazo o colgando en la pared, sino que tienen características anexas que han colaborado en el desarrollo de su camino. Entre esas destrezas se incluyen inteligencia, disciplina y perseverancia. (Y no dejemos de lado ni subestimemos la mano del Todopoderoso que hace y deshace según estima conveniente…) No sólo basta con llegar. Hay que saber mantenerse y para eso un título es sólo la puerta de entrada. Nada más. Lo que venga después es qué tal lo hacemos, cómo somos y cómo nos desenvolvemos. ¡Bien por todos aquellos que suman esa mezcla de virtudes! Al menos a mí me encantaría pertenecer a ese club.

El chaqueteo nos deja como la mona. No hay que ser muy brillante para darse cuenta de que sólo conlleva mediocridad y resentimiento; la envidia de no ser el otro; las ganas de tener lo que no se tiene… pero más encima haciendo poco y nada por lograrlo. Es comodidad pura detrás de un dedo que encañona sin reflexión alguna.

No hagamos que el mayor problema de Chile sea, justamente, los chilenos. Recordemos una de las mayores moralejas que debimos haber aprendido en su momento: el conejo, talentoso y pillo, decidió dormir una siesta mientras la tortuga, a paso lento pero seguro, terminó dejándolo atrás. En otras palabras (en realidad las de Paul McCartney cuando le preguntaron el secreto del éxito): “…es un 10% de talento y un 90% de trabajo”.





Gracias 2011!

3 01 2012

Luego de un sábado lleno de saludos, mensajes, buenas vibras, recuentos, comidas, abrazos y vituperios, seguido de un contrastante domingo de caña, dolor, lágrima, arrepentimiento, pupa o siesta, no nos dimos ni cuenta y ya estamos a toda máquina insertos de lleno en el primer lunes del 2012…

Y algo que al menos yo vi pasar en repetidas ocasiones durante estos últimos días fueron los “¡por fin se termina este 2011 de mierda!”, esperando que el 2012 arregle, borre y olvide cualquier cosa que nos haya hecho pasarlo mal; jurando que ahora sí. Este año la lleva.

¿Tuve yo un 2011 tan fantástico como para criticar el “chaoooo” con el cual le pegamos la PLR al ciclo que terminó? Por supuesto que no, y tampoco fue particularmente malo… Como a cualquiera le pasa, viví cosas buenas y viví cosas malas. Fui feliz y luego estuve triste; me sorprendí para después decepcionarme; quise mucho y luego odié. Estuve arriba de la pelota y después reptando por debajo… Y lo más probable es que en algún momento estaré arriba de nuevo.

Así es la vida, así es la cosa. Y si bien en algunas redes como Facebook vemos pasar miles de fotos y posts tipo “mis hijos hermosos”, “carrete de amigos queridos” “amiga, que linda te ves embarazada” “que rica tu guagua” “que linda familia has armado”, la realidad a veces es bien distinta.  No siempre todo sale como queremos, no siempre nuestros hijos se portan como si fueran de comercial, no siempre los amigos están, no siempre tenemos la pega soñada, no siempre la familia se luce, no siempre el matrimonio está en llamas, no siempre acompaña la salud, no siempre brilla el sol.

Ahora bien… ¿es esta una visión pesimista? Por el contrario! Aquí viene la parte interesante del asunto…. De lo bueno nada que decir, ya que lo comido y lo bailado no lo quita nadie. Bien por eso. Pero respecto de las cosas malas o difíciles creo que existe una mejor perspectiva que pensar “échate Tanax 2011”.

En mi caso personal, si miro para atrás – aunque a veces todavía pataleo, me quejo o aún tengo temas no resueltos – cada cosa fome que me ocurrió era necesaria. Incluso la más mala. (Me ha tomado 36 años y un buen lote de pateaduras en el suelo llegar a decir esto…). Cada caída vino con la consecutiva parada, lo que me hizo más resiliente. Cada decepción, vino con la posterior reflexión y aprendizaje, lo que me hizo más sabia. Cada dificultad vino con su correspondiente esfuerzo para solucionarlo, lo que me hizo más fuerte. Cada situación compleja que requirió tiempo para resolverse me hizo más paciente; cada problema que me hizo quemar neuronas me hizo más inteligente… y así. Nada fue en vano y cada vivencia se transformó en una experiencia. (Ojo: importante diferencia… en la vivencia las cosas simplemente pasan; la experiencia, en cambio, nos transforma).

Mirado desde esta perspectiva, entonces, pareciera ser que la gran lección es que para llegar a ser mariposa primero había que ser gusano… Y eso no lo digo yo, lo dice la naturaleza.

Si bien me ha tomado mucho comprender eso sin alegar, hoy, cada vez que vivo una dificultad que me supera, tengo la certeza interna de que cuando pase, cuando sea historia o recuerdo, seré una mejor versión de mi misma. Eso, por supuesto, si uno es capaz de darse cuenta de qué es lo que nos está exigiendo la situación; que habilidad o destreza tenemos que desarrollar para llegar al otro lado.

De hecho una máxima de vida – bien manoseada por cierto – es que todo pasa, junto con el nunca bien ponderado “cambia, todo cambia”. Eso es verdad. Pero la parte que le faltó a esas dos frases es que lo que queda es en quienes nos convertimos con cada situación que nos va ocurriendo. Y al final de cuentas, de eso se trata todo. De ser, no de parecer… ni menos de tener.

Así, no dejo el 2011 aliviada porque se acabó, lo dejo agradecida por lo que me dejó… Eso incluye las yayas, moretones, costras y cicatrices varias, ya que cuando se trata de pellejerías… “I’ve been around, you know?” (Coronel Frank Slade, Perfume de Mujer).

Y con este bagaje en el cuerpo, me preparo para enfrentar el 2012. Seguramente será bueno, será malo; será alegre, será triste; traerá sorpresas, traerá más de lo mismo… pero la única certeza que tengo es que el 31 de diciembre no seré la misma que escribe hoy, 2 de enero.

Feliz 2012!

Andrea